La Fe Como Respuesta a la Revelacíon de Dios
Español | 09/20/2012Como sabemos, el Santo Padre ha declarado el “Año de la Fe”, el cual comenzará el 11 de octubre del 2012, en el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará el 24 de noviembre del 2013, Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Las motivaciones, finalidades y líneas directrices de este “Año especial de la Fe”, están expuestas en su Carta Apostólica, a modo de Motu Propio, con el nombre de “Porta Fidei” (“La Puerta de la Fe”), documento que todos los católicos debemos meditar. No olvidemos que en la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por el beato Papa Juan Pablo II. Este documento, como bien hace notar el Santo Padre, es un auténtico fruto del Concilio Vaticano II.
En el contexto del Año de la Fe, se hace necesario reflexionar sobre la naturaleza y significado de nuestra fe; para ello debemos tener presentes los documentos del Concilio Vaticano II, particularmente la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación (“Dei Verbum”) y el Catecismo de la Iglesia Católica. Por ello, como una preparación para la inauguración del Año de la Fe, comencemos por reflexionar sobre la fe, su naturaleza, necesidad e importancia, características, a partir de los antes mencionados documentos. En este artículo queremos referirnos a la fe como respuesta a la revelación de Dios.
Partimos del hecho de que el hombre es un ser abierto a la trascendencia; por esencia, en cuanto persona, es un ser religioso en búsqueda de lo divino. De ahí que toda religión es la plasmación histórica de una búsqueda existencial de Dios. Ahora bien, no tendría ningún sentido que Dios haya puesto en el corazón del hombre el deseo de encontrarse con Dios sin que le brinde los medios para concretar esa búsqueda. De ahí que, como dice el Concilio Vaticano II, “Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (Cf., Ef 1, 9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina” (DV, 2). El Concilio nos habla de cómo Dios fue preparando la revelación evangélica. De muchas maneras Dios se fue revelando a los hombres: a través de la naturaleza (que ofrece un testimonio perenne de su presencia), desde los comienzos mismos de la historia de la salvación, también a través de Moisés y los profetas en el antiguo testamento; y, al llegar la plenitud de los tiempos, se ha revelado en Cristo, la Palabra hecha carne. Cristo es la plenitud de la revelación.
La palabra de Dios, confiada a la Iglesia, está contenida en las Sagradas Escrituras y en la Tradición de la Iglesia. “La predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el final de los tiempos” (DV, 8). Por otra parte, “El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido confiada únicamente al Magisterio de la Iglesia” (DV, 10). El Concilio nos enseña que “los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios quiso consignar en dichos libros para nuestra salvación” (DV, 11).
Dios, pues, se ha revelado a los hombres para hacerles conocer su designio salvador. Esa revelación debe ser acogida por la fe. La fe, entonces, es una respuesta del hombre al Dios que se revela. Ahora bien, para que el hombre pueda dar esa respuesta de fe, necesita del auxilio de Dios, de la gracia divina. Dios mueve el corazón del hombre para que pueda asentir con la fe a la revelación.
En el Concilio Vaticano I (1869-1870), se nos da una definición de la fe: “…es una virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos.” (Constitución Dogmática sobre la fe católica. Cap. 3, De la Fe, Dz. 1789). El asentimiento de la fe se basa, pues, en la autoridad de Dios. Creemos en Dios que se nos ha revelado en la persona de su hijo Jesucristo.
La Carta a los Hebreos nos da también una “definición” de lo que es la fe: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11,1). La Iglesia nos enseña que la fe es necesaria para la salvación. “Creer en Cristo Jesús y en aquél que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación” (Catecismo N.° 161). La fe es una acto libre de adhesión del hombre a Dios. Por la fe el hombre está llamado a confiar totalmente en Dios, abandonarse completamente a Él, “creer absolutamente lo que Él dice” (Cf. Catecismo N.° 150). Creer en Cristo y creerle a Cristo.
La fe es una gracia de Dios y, a la vez, un acto plenamente humano, una respuesta libre del hombre a la revelación divina. “Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios.”(Catecismo N.° 143). En la fe confluyen la libertad y la gracia. Es Dios quien toma la iniciativa moviendo, por la gracia, a la escucha y acogida de su palabra. “La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él.” (Catecismo N.° 153). “Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo.” (Catecismo N.° 154); pero, al mismo tiempo, “La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela.” (Catecismo N.° 166). La gracia no limita, ni menos anula, la libertad humana sino que la potencia. Así mismo, si bien es cierto que la fe es un “acto personal”, es también un acto profundamente eclesial. La fe puede crecer o apagarse, por ello debe ser permanentemente alimentada con la Palabra de Dios, “actuar por la caridad”, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia (Cf., Catecismo N.° 162)
